sábado, 2 de octubre de 2021

De imágenes, fulgores y paternidades

Escuché a Michele Petit hablar sobre un escritor griego que, cuando era niño, sentado sobre las rodillas de su padre y envuelto por sus relatos y cantos, abrió una puerta a la fantasía que más tarde lo llevó a querer permanecer allí, mediante la escritura.

Este relato tira de una cuerda invisible que trae en la punta a Federico Jeanmaire, contando cómo viendo a su padre interesado por las lecturas, escribía en papelitos que dejaba para que su papá los encontrara y se interesara por él, tanto como se interesaba por esos periódicos que leía. Esos fueron sus primeros pasos como escritor, reconoce.

Pienso en que suele haber una imagen, un momento en el recuerdo, que nos hace arder y moldea nuestras elecciones, nuestro devenir juvenil y adulto. Una especie de imagen fundacional donde algo nos mueve de manera tal que pone un horizonte de sentido.

Si uno afina el oído, y escucha los relatos de otres, siempre aparece. Aparece cuando se anda vagando por la evocación, cuando se navega en la blandura del mundo desde la mirada niña.

Hace poco alguien me contó que a su papá todes lo saludaban por la calle. Y que allí donde iba, todes lo conocían. Un día salió con él a hacer su trabajo. Quedó conmovido con ese reconocimiento amoroso, esos saludos amigables, con reconocer en su padre a ese hombre al que nadie era indiferente. Siempre quise que cuando fuese grande, todo el mundo me conociese y me saludara como a él, me dijo. Cuando evocaba la imagen algo estaba encendido en sus ojos, algo que se enciende de igual manera al escuchar su nombre en boca de quienes lo esperan y lo reciben cuando va con sus libros a todos lados.

¿Qué misteriosa cuerda toca la imagen fundacional para hacernos vivir intentando replicar esas experiencias? Josefina Vicens en “Los años falsos”, explora en la identidad de un joven que ama tanto al padre que imagina sus profesiones de acuerdo con sus reacciones antojadizas. Si elogiaba a los bomberos, pues el niño empezaba a desear ser bombero. Si esperaba al cartero y este no venía, el niño quería ser cartero para hacer tan bien su oficio que no pudiera desilusionar a ningún otro padre del mundo, que encerraban, claro, el imaginario de su propio padre. Esas imágenes que Luis Alfonso evoca piden ser visto, desean el reconocimiento de esa figura enorme que allí está en nuestro limbo simbólico para decir: “Lo hiciste bien, estoy orgulloso”.

Recuerdo otro relato que me impresionó mucho. Un abuelo que leía a sus nietos y los reunía para conversar. Cada vez, como en un ritual, se exponían temas y se acompañaba a les niñes a hacer preguntas, que quedaban registradas en grabaciones. De adulta, aquella niña profundamente impresionada por su abuelo, recordaba cómo la llama ardía en cada encuentro, y cómo había descubierto en la filosofía una forma de volver allí. Llevar las preguntas a la vida, a su hijo ahora, avivar la llama que un día su abuelo encendió y custodiarla hasta que pudiese arder libre.

No sé si se trata de un momento. Quizás es la suma de gestos, de experiencias que se cristalizan en la mente en un momento puntual que recordamos como un fulgor necesario para iluminar luego el camino. Esa imagen está cargada de raíces que se hunden en la memoria, en el cuerpo, en la identidad, hasta puntos ciegos, irrecuperables, pero que hacen la flor.

No conocí mucho a mi papá. Me dejó una memoria fragmentada de pequeñas chispas. Unos diccionarios en los que buceábamos juntos las palabras. Unas caminatas de la mano, mientras conversábamos, rumbo a la ferretería. La picardía de los chistes compartidos de sobremesa. Unos poemas con letra imprenta, que no llegaba a comprender, con circulitos en las íes. Las preguntas que iban con cada herramienta alcanzada, mientras reparaba o construía alguna cosa. Pero hubo una imagen fundacional, sí.

Un cumpleaños me trajo de regalo un par de guantes rojos y una libreta amarilla con forma de corazón. Para que escribas, me dijo. Fue el último cumpleaños juntes. A veces pienso que más que un regalo fue una especie de herencia que me arde en las manos. O una forma de mantenerlo conmigo. O, a lo mejor, una forma de abrazar el mundo de palabras que aprendí con él, cada vez que era parte de su tiempo.

Quizás quien lea, si es que hay une lectore pasando sus ojos por aquí, estará rebuscando en su memoria esa imagen, esa llama. O el sentido de esa llama. ¿Cuántos de esos fuegos iluminarán ahora un camino y cuántos serán fuego que arrasa?

Como sea, escribo. La imagen, la llama renueva su fulgor ahora. Vayan para él también estas palabras.

viernes, 26 de marzo de 2021

Mamá es poeta

 ¿Me pasás el cuaderno que está ahí?

Ese no, hija. El que está arriba de la máquina.

No, el de los teléfonos no. El rojo.

No, no, tampoco. Ese tiene lo del médico, el otro.

¡No, Marianita, el rojo de los lunares!

A simple vista de hija, todos tienen dentro papeles y papelitos, facturas de luz, agua, gas, sobres de impuestos con cuentas en birome, papeles agarrados con clips -con más cuentas-, y retazos de colores metidos entre medio. Son distintos, pero se ven igual, a punto de reventar en una lluvia de cuadraditos por el aire. Sin embargo, hay uno que no, y lo descubrí la última navidad en su casa.

Marta, mi mamá, es brillante para las matemáticas y aún mejor modista. Experta del detalle, entendió los cuerpos reales de sus clientas con amorosidad, ajustando un poco aquí y allá, haciendo una curva más pronunciada o una pinza, para darle la dignidad de la belleza que cada cuerpo merece, frente a sí mismo y los espejos.

También es una gran cocinera. Platos voluptuosos de sabores adictivos. Ama cocinar. Y comer. La comida que prepara, además de deliciosa, es linda. Saca las fuentes del horno como si sacara un cuadro que en vez de ir directo a la pared fuera a la mesa. Y nadie, nunca-jamás-nadie, decoró el pastel de papa como ella: un cielo blanco lleno de copos esponjosos y largas estelas de tenedor.

Hay cientos de testigos de las bondades profesionales y culinarias de mi madre. Pero solo dos de sus dotes de poeta. Y me parece realmente injusto. Por eso quise contar lo que pasó ese viernes de navidad, por la tarde.

Estábamos de sobremesa y mamá me pidió el cuaderno rojo de los lunares. Lo abrió reteniendo la caída de varios papeles y buscó, ajustándose los anteojos, alguna cosa. Mi hermana bromeó, miraba a la distancia las hojas del cuaderno abierto, la tinta escalonada en los renglones.

-¿También escribís poesía?

Y mamá le dijo que sí.

-Sí -y sonrió.

miércoles, 26 de agosto de 2020

“El sol del membrillo” (1992): sobre tiempo y pantallas

Mis gustos cinematográficos, en general, atrasan bastante. Pero en este caso no importa, porque “El sol del membrillo” es una película atemporal que, curiosamente, habla sobre el tiempo. La trama es sencillísima: Antonio López, pintor español que ama los membrillos, se dispone a pintar la luz del sol que da sobre un membrillar a cierta hora de la mañana y que dura apenas unos minutos. El conflicto es obvio, y es el problema de toda nuestra existencia: el tiempo pasa tan rápido que es imposible capturar lo que deviene. Al pintor le llueve, le madura el membrillar, le cambia de forma, se le nubla el día, se pudre la fruta. Día tras día a la misma hora se aboca a su tarea, que se ve afectada por las pequeñas modificaciones que imprime el paso del tiempo. Pensarán que son pavadas, nimiedades que no tiene sentido contar, ¡pero ojo!, fíjense bien.

Estas nimiedades no son tan pequeñas si pensamos que, traducidas a nuestro caso, mientras corrés un bondi, se te quema la berenjena en el horno, le das charla a una señora en la cola del pagofácil, le sacás fotos a tu comida, o subís una historia en la red sobre tu niñe que empieza el jardín, se te escapa la tortuga. Perecés lentamente, y tu vida, aunque la “captures”, como Don Antonio, se diluye con vos. Somos el membrillo y el pintor. Dos en uno. Bueno, eso mismo está detrás de esta película que, captando unos membrillos, capta la vida misma, su evanescencia.

Y captar la vida lo más fielmente posible, en el cine, tiene sus vaivenes ásperos: la lentitud, la quietud, la aparente intrascendencia, que no todo espectador se banca. Pero si te gusta la poesía en el cine, si te gusta la pintura, si te gusta la luz del sol sobre las cosas, entonces, metele. Procurá tener un amigo cerca para compartir luego la resaca metafísica que te queda.

Tres pinceladas preciosas de este documental español:

sábado, 8 de agosto de 2020

Un amante olvidado de la exuberante Buenos Aires

 Reseña escrita para la Revista online 360-ArteyCultura

Buenos Aires... Quiero decirte que sos violento, sí, que tal vez la violencia pueda salvarte (no sé), pero sólo puedo decírtelo desde lo que yo sé hacer: fabular, inventar, volver a los viejos mitos para explicar los actuales, pero no como un estudioso... No, voy a decir lo que tengo que decir con las voces de algunos entre los casi diez millones... inventando sueños que se soñaron sobre realidades o realidades que se realizaron sobre sueños...”

Entre la extensa nómina de escritores del “Boom latinoamericano” y de la narrativa moderna hallaremos seguramente el nombre de Eduardo Gudiño Kieffer, prolífico escritor argentino nacido a mediados de la década del ‘30 y celebrado vivamente en los encendidos ‘60 y ‘70. Con asiduidad podremos hallar sus obras en las mesas de saldos o los estantes polvorientos de las librerías. Pero no sin dificultad, quizás, podremos acceder a él a partir de los discursos actuales de transmisión y promoción de la cultura.

Ferviente amante de Buenos Aires, Gudiño Kieffer ha sido tal vez injustamente olvidado o simplemente eclipsado por una multitud de excelentes escritores que también han bullido en el torrente literario de las venas de la Reina del Plata.

Nacido en la provincia de Santa Fe, llega a nuestra ciudad y entabla con ella una relación intensa que atraviesa toda su obra. Novelas, cuentos y ensayos son testimonio de un entreverado noviazgo donde el amor y el espanto, lo cotidiano y la reinvención, el juego y el tedio se debaten a la luz de la mirada profunda, humorística y crítica del escritor. “Para comerte mejor” (1968), su primera novela, y “Será por eso que la quiero tanto” (1975) son claros ejemplos de este amor en permanente tensión.

Comprometido con la realidad social de Buenos Aires e inmerso en ella busca la manera de nombrar muchos de sus defectos -tan suyos, por cierto-: la violencia, el dolor, el desamparo, la marginalidad, la incomunicación, el desconcierto; recorrido que traza de manera impecable en “Carta abierta a Buenos Aires violento” (1970). Pero, por otro lado, su preocupación incansable por el lenguaje le permite abordar esa dimensión que también le es propia a la ciudad y la redime: el amor, la libertad, la magia, la risa, la entrega, el juego.

domingo, 24 de mayo de 2020

Aprender, enseñar, conocer(se)


Romperse para trascender

Cuando aprendés algo nuevo, y me refiero a algo completamente nuevo (desde el formato, el tema, el enfoque), sentís que te rompés por dentro. Pero hablo de un “romper” trascendente, algo así como salir del huevo, o agrietar el molde. Empezás a cuestionarte todo lo que construiste, cómo, desde qué lugar. Entrás en un doble diálogo con el aprendizaje: desde el estudiante que sos, que se está transformando, y desde el docente, también, cuando te dedicás a eso. ¿Cómo construimos conocimiento? ¿A qué le llamamos “conocimiento”? ¿Y para qué sirve? ¿Nos sirven las formas hasta ahora conocidas de enseñar-aprender y construir conocimiento?
Hace unos meses que me estoy rompiendo. Es un proceso. Hubo otros quiebres antes, pequeñas rajaduras que terminaron de abrirse ahora. Ser docente de secundaria en esta escuela virtual empujó de un lado; las prácticas narrativas empujaron del otro; mis trabajos finales del profesorado de yoga ajustaron un poquito más; el proceso de cierre de un proyecto colectivo terminó de apretar, y ¡crack!: escribo.
Y porque mi forma de pensar es escribiendo, acto doble y extraño que ejercí toda mi vida, y porque todo saber, ahora lo entiendo, es absolutamente personal y experiencial, para explicar por qué creo que necesitamos un cambio de paradigma educativo YA, necesito empezar a pensar y comunicar este quiebre hablando de mí.

Pequeñísimo relato autobiográfico que viene al caso: sobre las fisuras

Mi relación con el conocimiento es esencial y es parte de mi identidad. Creo que quien enseña, debe aprender constantemente, y que quien aprende, enseña. Si la relación enseñanza-aprendizaje es efectiva, es profunda, es significativa, el proceso es simétrico: todo maestro es aprendiz y todo aprendiz, maestro. La enseñanza-aprendizaje es una experiencia de transformación recíproca, nunca terminada, y esto no deja jamás indiferente a la construcción de nuestra identidad. Esa es la base sobre la que estoy pensando este texto, este proceso. Esta idea, a pesar de ir a contrapelo de todo lo que me enseñaron, y que se han esforzado en aniquilar, siguió latiendo calladita, hasta hoy.

viernes, 15 de mayo de 2020

Un poco de aire


Recibir 500 Australes como regalo de cumpleaños era un montón de plata. A los cuatro años uno solo piensa en jugar y ese billete significaba un pase libre a una fiesta interminable. Tomá Marianita, guardalo bien y comprate lo que quieras, me había dicho mi padrino, un morocho bonachón para mí, un negro bolas tristes para mi tía.
Lo que quieras. Eso había dicho. Y un niño puede querer con certeza dos cosas: golosinas y juguetes. El mundo todo, en la etapa que la frente se encuentra a diario con el canto de la mesa, se reduce a esas dos opciones. En mi caso, una decisión sencilla: como era alérgica a los chocolates, única golosina que me interesaba dejando de lado el chicle de los Pitufos 500 Australes en chicles sería demasiado, lo sabía perfectamente con cuatro años—, opté por inclinarme a los juguetes.
Era, por primera vez, una niña rica.
Mi papá amaba las palabras. Un hombre alegre, persuasivo. Tenía el don de convencerte de cualquier cosa, hasta de ir a bañarte durante tu programa favorito. Te lo pedía con unas palabras tan lindas que terminabas por creer que habías sido vos quien lo había elegido. Por eso mismo, cuando lo vi llegar, mantuve apretado el billete entre los dedos.
Pá, el tío Felipe me dio un regalo.
¡Qué lindo! ¿A ver, me mostrás?
Me dejé llevar y extendí los deditos. La barba de Nicolás Avellaneda en verde violáceo, húmeda y arrugada, se descubría ante los ojos de mi padre.
¿Y qué vas a hacer con toda esta plata?
Jugar. Eso pensé. Pero dije otra cosa. ¿Qué juguetes podría comprar con 500 Australes? Me invadió la duda y supuse que me ayudaría.
No sé.
Yo sí sé —me dijo contento— ¿qué te parece si la guardamos para comprar un nebulizador?
Un nebulizador. ¿En qué momento puede pensar un adulto que un niño podría avalar con alegría semejante decisión? ¿Dónde iban a parar mis deseos de pequeños ponis, de muñecas Pepona, de cajas y cajas de chicles de los Pitufos, en el peor de los casos?
Pero ya era tarde. Su pregunta había sido retórica, claro que yo no lo sabía en aquel momento, y dije sí. El billete estaba en manos de mi papá, y el sueño con forma de juguete, regalo de mi Rey Baltazar, volvería transformado en nebulizador Silfab: una cajita marrón con una manguera haciendo juego, mascarilla verde loro, y un bramido capaz de despertar a todo el barrio agazapado en la tecla de encendido.
Apenas unos días después vino el estreno. Un sábado a la tarde. Los chicos de la cuadra jugaban con el resabio de hojas secas que dejaba junio, sentados en el pasto, al rayo del sol. Los más grandes iban y venían en sus bicicletas por el mejorado. Con un hilo de aire que entraba y salía de mis pulmones, como pidiendo permiso, los miraba por la ventana. Entonces mamá trajo el aparato. Lo armó con delicadeza, cotejando el ensamblaje con la indicación del folleto. Lo encendió. Me puso la mascarilla y el vapor invadió mi nariz como una llovizna amarga. Cerré los ojos. Resonaban los gritos y las risas afuera. No sé si pensaba en algo en aquel momento.
Papá escuchaba la radio y arreglaba algo, lo habitual en su único día franco. Mamá cosía en la Singer, rodeada de camisas a medio armar. Mi hermana corría al aire libre con sus amigos. Mis pulmones se iban ablandando y el aire entraba mejor, pero el corazón me golpeaba con fuerza. 500 Australes en aire. Las bicis iban y venían. Adentro, el sol se iba apagando lleno de ruido.

lunes, 15 de julio de 2019

Algunas notas sobre siete novelas de Federico Jeanmaire


Es difícil encontrar un equilibrio deleitable entre el humor, la ternura, la técnica y la profundidad. Sin embargo, las novelas de Federico Jeanmaire logran entretejer todas estas virtudes en un entramado fabuloso.
Descubrí la prosa de Jeanmaire con “Amores enanos”. Imposible no sentirme atraída por el título, y por la idea poco habitual de un grupo de gente pequeña protagonizando una novela, con todas las aristas de culebrón. Así me sumergí en el mundo de su prosa fresca, muy cercana a la oralidad, y en sus ideas irreverentes que desafían el lugar común.
A partir de allí, se sucederían los títulos con avidez: “La guerra civil”, “Tacos altos”, “Más liviano que el aire”, “Papá”, “Fernández mata a Fernández” y “La creación de Eva”, su última novela, editada hace menos de un año. Además, me esperan en la biblioteca “Las madres no les decimos esas cosas a las hijas”, “Los zumitas” y “Miguel”. Y algunas otras por comprar, que es bastante difícil conseguir: “Desatando casi los nudos”, “Prólogo anotado”, “Mitre”, “Vida interior”, entre otras. Es, claramente, un autor prolífico. ¿Por qué no las leí aún? Porque me gusta hacer durar lo bueno.
De la lectura de siete de sus novelas, tomo nota de algunas cuestiones:
Los temas que trabaja el autor se corren de la experiencia común, rozando lo absurdo, lo marginal, lo increíble. Enanos que fundan su propio barrio privado y que discriminan a los altos; un hombre capaz de cambiar los destinos de la gente y de la humanidad tatuando un pequeño detalle en las líneas de sus manos; una adolescente china cuyo pasaje a la adultez la convierte en una vengadora; una extraña intriga entre vecinos y otros personajes que, curiosamente, se llaman Fernández; una anciana de casi 90 años que encierra a un ladrón en el baño y le impide salir hasta que no escuche completa la historia de su vida. Una rareza detrás de otra, que no se agotan en eso, sino que le permiten bucear en la técnica.
Federico Jeanmaire tiene una gran conciencia de su herramienta. Deconstruye el lenguaje y lo usa a su favor, como estrategia narrativa e incluso como temática.

viernes, 21 de junio de 2019

Un clásico por mes: Hamlet, de W. Shakespeare


“Hamlet” es considerada una de las tragedias de madurez, escrita entre 1599 y 1606. Resulta un clásico fascinante porque Shakespeare logra reunir en ella varios de los conflictos humanos que trascienden el tiempo y las fronteras: la disyuntiva pensamiento/acción, la traición y la venganza, la corrupción política, la locura.
Dejando de lado la cuestión de la reescritura de las fuentes de inspiración (Saxo, Bellaforte, Ur-Hamlet, los clásicos como Julio César y los mitos griegos), entendemos que el trabajo más refinado y original se centra en la construcción del personaje del joven Hamlet, atormentado por cuestiones éticas y metafísicas, quien además de la terrible carga que lleva de vengar a su padre, debe lidiar consigo mismo y sus principios. Sin embargo, lo maravilloso del personaje es que se constituye en un contrapunto equilibrado entre lo más oscuro de la angustia y el humor más mordaz.
Más que análisis de la trama, del que existen cientos, me interesa centrarme en algunas preguntas y en algunos destellos de inteligencia que hacen de “Hamlet” un clásico imprescindible.
En primer lugar, me resulta interesante la cuestión política de fondo. Dinamarca se cae a pedazos, estamos en un momento crucial entre el viejo orden, una mirada Medieval en conflicto y en decadencia, y el nuevo orden, el Humanismo. Hamlet pone de manifiesto su descontento acerca de la corruptela política, de la absurdidad de un modelo de gobernante que solo apoye su poder en la espada, como lo ha hecho su padre. El libre albedrío, la pacificación, la razón humana empiezan a ganar su lugar, ¿qué clase de gobernante podría resignar estas maravillas bajo el poder irracional de la espada?, deja entrever Hamlet. Claudio usurpó el trono de manera violenta. Hamlet solo podría llegar al trono esperando con humillación su turno o por medio de la espada, de la violencia. Ninguna le permitiría ser el gobernante modelo que un Humanista espera. ¿Qué otra mejor forma, entonces, que ser el humanista en la procrastinación? Esa es su elección. Hamlet tiene sentido en el conflicto: en la contradicción entre acción-pensamiento encuentra su mejor versión.

lunes, 17 de junio de 2019

Gudiño Kieffer: el hombre, el escritor y la lectora


¿Se puede leer a la persona a través de su escritura?
Cuando leemos en profundidad la obra de un escritor, siempre queda un halo palpable que no puede categorizarse dentro de lo que en general buscamos como lectores: no se trata del argumento, ni del estilo, ni de sus procedimientos; tampoco de la cuestión biográfica, es algo que está presente en todo esto, pero que lo excede, lo trasciende. Quizás es de esas cosas que se captan con la intuición, con el ojo observador bien ajustado, con la empatía. Cuando leemos a un escritor, entre sus líneas, en su escritura, leemos una dimensión humana que nos acerca a la figura de carne y hueso que está detrás de la palabras.
Descubrí a Gudiño Kieffer en una serie de encuentros en una “Antibiblioteca”. Una curiosa idea. Allí nos juntábamos a leer obras que parecían más bien un atentado a la Literatura. En uno de esos encuentros, alguien llegó con un libro suyo como si trajera el Santo Grial entre las manos. Lo había comprado en una mesa de saldos de una librería de calle Corrientes, lo cual lo hacía doblemente fabuloso para nosotros, jóvenes de bolsillos magros e ideas arborescentes. Se trataba de “La hora de María y el pájaro de oro”, del que leímos algunos cuentos en voz alta. Recuerdo aún el estado de fascinación, nuestras sonrisas. A esa lectura siguieron las de “Para comerte mejor” y “Guía de pecadores”. El carácter de Antibiblioteca estaba obviamente suspendido: se trataba, en este caso, de un gran escritor. La literatura de Gudiño instalaba un goce distinto, y en mi vida, particularmente, una felicidad y una búsqueda que hoy debe estar cumpliendo unos veintitantos años.

viernes, 29 de diciembre de 2017

La naturaleza del contrato


Reescritura argentinísima de “El gato y el ratón, socios”, 
de los Hermanos Grimm
Un día, un gato vestido de gris convenció al Rata de que podrían necesitarse y ayudarse mutuamente. Tanto habló el astuto, tanto le subrayó el respeto y el afecto que sentía por él, tanto elogió su capacidad de trabajo incansable, que al Rata le pareció natural que fuera él quien trabajara y que el gato administrara.
Qué alegría que alguien pueda hacerme la vida más apacible mientras yo trabajo —dijo el Rata—. ¡Hay tanto por mejorar en estas tierras!
Si vos me das tu voto de confianza —le dijo el gato— y aportás lo que mejor sabés hacer, yo puedo sacar esta tierra adelante —y al Rata le pareció un acuerdo justo.

sábado, 5 de agosto de 2017

Un puzzle de lenguaje: ruptura y experimentación en “Para comerte mejor”, de E. Gudiño Kieffer

  El escritor argentino Eduardo Gudiño Kieffer publica su primera novela, “Para comerte mejor”, en 1968, un año antes de la salida de “Boquitas pintadas”, de Manuel Puig. Actualmente, mientras que esta última es reconocida como un hito literario por introducir el lenguaje popular en la literatura y por experimentar con la construcción discursiva desde los géneros y narradores; “Para comerte mejor”, aún habiendo hecho lo mismo poco antes, ha pasado al olvido. Por eso nos proponemos rescatarla y valorarla: es una obra fresca, lúdica y que retrata a la perfección la cultura popular (el lenguaje, los hábitos, las aspiraciones, los consumos culturales) de aquellas décadas.
Recordemos que la literatura de los años 60 y principio de los 70 reúne como característica común la experimentación con la estructura narrativa, la polifonía y la experimentación con el lenguaje, además de la necesidad de un lector activo, que reconstruya la trama narrativa y elabore su propia versión de los hechos, a partir de una multiplicidad de perspectivas y formas. Para el lector del siglo XX, la realidad no es una ni unívoca, es una construcción que depende de múltiples interpretaciones, discursos y puntos de vista; la literatura producida en ese momento, por lo tanto, se concibe a partir de esa lógica y desarrolla los recursos necesarios para abordarla. Explica el mismo Gudiño Kieffer al respecto: “Las 'nuevas' formas propuestas por los 'innovadores' (algunas datan de 1919 con el Ulyses de Joyce), se integraron a la verdad última de la novela: contar una historia. Quizás no ya dentro de las líneas convencionales, pero una historia al fin” (Epple, 1977: 50).